Fui al estante y abrí un bisturí estéril (single use, claro). Acerqué los ojos a la hoja biselada, que tenía un tono más mate, y mi alma pudo oír el resonar del aire contra aquel blanco acantilado. La punta del bisturí era tan fina, que aún aumentada la hoja al tamaño del Everest, su cima hubiese sido más delgada que un hilo de seda.
En el cuarto de baño me apoyé sobre el lavabo. Rastreé el olor del metal limpio y acerqué la hoja a mi muñeca derecha. Escogí una vena por la que comenzar.
Al principio, no sentí nada. Lo levanté un momento. Después, con un poco más de determinación, disfruté de aquel beso irrepetible. Primero, el roce de un alfiler, y un chillido cítrico que se iba haciendo más y más intenso, una sensación ácida y vibrante como una descarga eléctrica. Después, cuando el sabor iba perdiendo fuerza, pude notar el frío al cortar la grasa, barrido por la sangre en dirección a todas partes, y los hematíes estrellándose contra aquella barricada hecha de tela de araña. Entonces, sonó mi móvil recordándome que llegaba tarde a la manifestación.
En el garaje, el coche necesitaba un lavado urgente. Cogí una camiseta vieja y la pasé por el cristal. Después accioné el limpia y volví a repetir la operación.
El tubo de escape se llama así por alguna razón. Por eso mismo, quitaron los tubos de escape de Alcatraz y de otras prisiones célebres. En mi caso, no habiendo sido condenado por ningún jurado, podía hacer uso de los tubos de escape cuando gustase, y así fue. Pensé que era triste que después de todo yo pudiese conducir y mi abuela no, y que debido a ello, yo fuese a marcharme antes que ella, si bien es cierto, con el único pecado inconfesable después de cometido.
Apagué el móvil. Las autoridades dicen que son peligrosas las distracciones al volante. Pero entonces, comenzó a llover y era la vieja supervivencia que me sacó de allí por las orejas. Y yo con un puchero, quité de aquel túnel luminoso la camiseta vieja.
Cuando desperté al día siguiente, había vuelto a nacer. Y podía oír esa candidez de las salas de maternidad. Saboreé las uñas de mis pies y la sal de mis puños, sembré de saliva mi piel de niebla y algodón. Y luego me palpé las suturas y juré no volver a jugar a los ángeles ni a esculpir mi propia obra de arte. Y mientras el grifo de la bañera goteaba, alcancé con las yemas agarbanzadas de los dedos una verdad de la que no me he desprendido jamás. Cuando aquellos acontecimientos salpicaron mi biografía, no había nadie a mi lado. Nacemos solos y morimos solos, y son desconocidos los que nos rozan; nos abrigan y lastiman, y nos hacen creer que el mundo sigue girando en nuestra ausencia. Nos besan y apuñalan, creyendo ver en el cristal de nuestras miradas, el reflejo de su propia soledad.
En el cuarto de baño me apoyé sobre el lavabo. Rastreé el olor del metal limpio y acerqué la hoja a mi muñeca derecha. Escogí una vena por la que comenzar.
Al principio, no sentí nada. Lo levanté un momento. Después, con un poco más de determinación, disfruté de aquel beso irrepetible. Primero, el roce de un alfiler, y un chillido cítrico que se iba haciendo más y más intenso, una sensación ácida y vibrante como una descarga eléctrica. Después, cuando el sabor iba perdiendo fuerza, pude notar el frío al cortar la grasa, barrido por la sangre en dirección a todas partes, y los hematíes estrellándose contra aquella barricada hecha de tela de araña. Entonces, sonó mi móvil recordándome que llegaba tarde a la manifestación.
En el garaje, el coche necesitaba un lavado urgente. Cogí una camiseta vieja y la pasé por el cristal. Después accioné el limpia y volví a repetir la operación.
El tubo de escape se llama así por alguna razón. Por eso mismo, quitaron los tubos de escape de Alcatraz y de otras prisiones célebres. En mi caso, no habiendo sido condenado por ningún jurado, podía hacer uso de los tubos de escape cuando gustase, y así fue. Pensé que era triste que después de todo yo pudiese conducir y mi abuela no, y que debido a ello, yo fuese a marcharme antes que ella, si bien es cierto, con el único pecado inconfesable después de cometido.
Apagué el móvil. Las autoridades dicen que son peligrosas las distracciones al volante. Pero entonces, comenzó a llover y era la vieja supervivencia que me sacó de allí por las orejas. Y yo con un puchero, quité de aquel túnel luminoso la camiseta vieja.
Cuando desperté al día siguiente, había vuelto a nacer. Y podía oír esa candidez de las salas de maternidad. Saboreé las uñas de mis pies y la sal de mis puños, sembré de saliva mi piel de niebla y algodón. Y luego me palpé las suturas y juré no volver a jugar a los ángeles ni a esculpir mi propia obra de arte. Y mientras el grifo de la bañera goteaba, alcancé con las yemas agarbanzadas de los dedos una verdad de la que no me he desprendido jamás. Cuando aquellos acontecimientos salpicaron mi biografía, no había nadie a mi lado. Nacemos solos y morimos solos, y son desconocidos los que nos rozan; nos abrigan y lastiman, y nos hacen creer que el mundo sigue girando en nuestra ausencia. Nos besan y apuñalan, creyendo ver en el cristal de nuestras miradas, el reflejo de su propia soledad.