lunes, 29 de marzo de 2010

Adivinanza

Me levanto pensado, igual que me acosté, en las mil y una formas de incitar la curiosidad, y hoy es mi lista mayor que cuantos fueron los que bajo los muros de Ilio llegaron.
Será mejor que no subestimes los progresos de mi duro entrenamiento, al que me someto, como ves, desde antes del amanecer: fingir inocencia o aparentar dominio, entregarte un alma atormetada, o por el contrario, pretendidamente indolente...
Ojalá aparezca muerto sin explicación un día, consumido por mi férrea disciplina, o mejor aún por los dulces frutos de mis trabajos.

domingo, 21 de febrero de 2010

La nueva ley de residuos

Mandarina. Solía llamarte mandarina. El día de tu funeral estaba sentado en la cuarta fila. Tu marido no sabía que éramos amigos, ni mucho menos que dos de sus hijos eran míos.
Tardaron cinco años en esparcir tus cenizas. Ya sabes. La nueva ley de residuos. Y por el camino terminaste un par de veces siendo el glacé de las empiñonadas y aliñaste, por error, la ensalada, en el bautizo de nuestro primer nieto.
Pasaste tres veces por la red de alcantarillado y una por el motor de un coche ecológico.
Al final de la cadena, reducida a ese 99% de energía no aprovechable (o a su equivalente en materia) descansaste en la escombrera.

Solías reprocharme mi falta de puntualidad.
El día que te fuiste planté un esqueje de tu pelo, y lo regaba cada mañana como prueba de fidelidad. Pero aquel mechón de tu cabello crecía y crecía, enredándose por las paredes… Creció sobre la vitrocerámica, en el interior de las cerraduras, alrededor de mi cuello en las noches más frías…y yo no sabía ya qué hacer.
Aguanté veinte años. Cansado, un día, corté un brote y me ahorqué del ventilador al ritmo del merengue que sonaba la primera vez que te vi en Antigua. Aquel día yo cumplía 104.
Sí, era muy impuntual. Me encerraron en la tumba y las horas esculpidas de piedra aguardaron mi tránsito, como si la cripta hubiese envasado mis huesos al vacío del tiempo. La nueva ley de residuos me liberó de aquella excepción a golpe de pico y llevó mis restos al Departamento de Anatomía. Allí estaba sometido al imperio de los besos de las yemas de los dedos de las lombrices de tres falanges, que me limaban la superficie en fast forward.

Desde que aprobaron la nueva ley de residuos habían estado ocurriendo cosas extrañas en la escombrera. Una escombrera de alta seguridad, decían, podría ser un cementerio nuclear extraordinario. Y no paraban de llegar camiones blancos cargados de barriles verdes y de técnicos de amarillo.

Había cierto magnetismo en ello. Había cierto magnetismo en la lenta procesión de mis astillas encendidas en la noche de la escombrera, dirigiéndose como luciérnagas al encuentro de tus restos. Una detrás de otra, recorrieron el camino de los salmones al atardecer, sin que ni tú ni yo supiéramos si era el de ida o el de vuelta.
Y a la mañana siguiente un naranjo había crecido en la soledad del cementerio nuclear, que daba flores de azahar parlantes, y naranjas en racimos, como las uvas, como las yemas de los huevos en el útero de las gallinas; algunas del tamaño de sandías, otras como pequeñas pelotas de ping-pong.
Periodistas y curiosos, ataviados con el traje de seguridad nuclear homologado, llegaron a la escombrera; y helicópteros y autobuses de dos pisos y profetas modernos…
Entonces, ante los ojos de la multitud, aquellas naranjas desproporcionadas empezaron a llover de la copa del enorme árbol rebotando contra las jeringuillas y los condones usados, contra las botellas rotas y las raspas de pescado.
En la escombrera se hizo el silencio. Al tocar el suelo las naranjas contraían su superficie en un silbido agudo, eyectando el perfume de sus cáscaras que reventaban de placer. Y desgarradas, alumbraban fetos que se agitaban y gritaban bañados en líquido, como la aspirina efervescente, con la mueca del ácido cítrico sobre los párpados y los labios.
Cientos de personas permanecían en silencio, sin perder ni un solo detalle de las lenguas de los gatos que habían acudido a lamer las cáscaras de naranja. Los fetos prematuros treparon por las piernas de los posmaduros, dejando un reguero de zumo viscoso, hasta los hombros de los que, ya en pie, se desperezaban como cegados por la luz de la vida.
Las aspas se pararon en seco y se hizo el silencio de los micrófonos y los flashes… Atentos… Caminaban hacia la capital en una perfecta fila inglesa, abriendo un pasillo entre la gente del futuro…
Ya sabes. La nueva ley de residuos.

miércoles, 17 de febrero de 2010

Bochorno (VI)

Aquella tarde el cielo se detuvo. En el centro del centro las leyes de la física parecían entrar en un estado de excepción, como si el más audaz de los gusanos fuese a dar aquella tarde un golpe de estado.
Las nubes se arremolinaban como al borde del mundo y cobraban personalidad y forma:cortantes o sofisticadas, lascivas o estériles, mágicas o sólidas... Como en las buenas tomas del cine negro, un aura metálica impedía que los transeúntes se sintiesen intimidados por semejante amenaza. Compraban el periódico, reían en corrillos...era la calma antes de la tormenta. Sólo los cristales de sus gafas se percataban de las nubes desplazandose por el cielo azul...
A las 6 en punto de la tarde, con las campanadas del reloj de la torre, la corriente de agua descendía desde las alturas en una cortina ininterrumpida que cercenaba las alas de los pájaros y consumía todo aquello que había de vivo en el aire. En un alarde de soberbia temporal el chorro de agua había escapado a las agujas de la edad, e impactaba en el centro en el preciso momento en que se había lanzado desde las alturas.
Como animales, los sencillos habitantes de provincias se taparon con sus periódicos, resolvieron sus corrillos, y se lanzaron a sus cálidos agujeros. Allí, atrapado en el punto donde el máximo se hace mayor, donde potencia y acto no gravitan, llegó el chorro a la crucis, entre el cuello, la espalda y los brazos.
Las calles mayores estaban vacías, las avenidas desiertas. Extraordinario, pero de una forma casi imperceptible, la fuerte lluvia iba arrancando los colores de los ojos, al principio, en puntos muy pequeños sobre los adoquines, y después, de los mostradores y las vallas publicitarias...los vivos colores se desprendían como escaras muertas, bullendo en su camino hacia el río.
Cúlpenme si quieren por haber deseado esa sensación de extrema verdad, de ansiada libertad sobre la piel, al desprenderme de mi ropa diluida en el bochorno. La cartera marrón había dejado su impresión sobre la camiseta blanca, los vaqueros pesaban toneladas...mucho menos que una denuncia por escándalo público...pues allá iban ya el cuerpo de policía, las arcas, los bancos de atún, allá iba la Armada Invencible y el Queen Mary con toda su tripulación, a colarse por las trapas rebosantes de la ciudad dorada. Sólo las putas de la calle Pollo resistían el chaparrón con la esperanza de desprenderse de cierta suerte de maquillaje, deseosas de mostrar por primera vez en su vida, sus cuerpos desnudos al mundo.
Poco importaba. Poco importaba para un tipo al que sólo le quedaba la única cosa que la lluvia no puede arrancar. Seguí mis pasos, y de una vez por todas, a cada estación me revelaban el sentido de los raros sucesos que venían ocurriendo desde marzo...
Y en la última trapa de la ciudad, varada sobre sus fauces, un extraño rectángulo de papel: el agua sorteaba sus bordes produciendo un fuerte ruido de caída que arrastraba a las ballenas a la rosa de los vientos... semejante rectángulo... había encontrado el cero de todas esas fuerzas... quieto... nulo... impasible...
Aquel se me revelaba como la solución, el final del enigma, la respuesta a mis días de bochorno...tenía que conseguirlo, y lo más que podía arriesgar era la frígida vida...
Estiré el brazo...lo alcancé en el centro mismo del ciclón ...y cuando lo tuve entre mis manos...cuando lo tuve entre mis manos pude ver que era...tan solo...una carta de la baraja francesa.
FIN

sábado, 12 de diciembre de 2009

Bochorno (V)

Cierto que mi situación entonces no era muy halagüeña: la soledad que me habían tallado los aires de aquella primavera de 2009 se había coronado con la noticia de mi esterilidad; pero a pesar de ello, la rutina parecía querer nutrir la savia de mi existencia con la luz de los días. Caía en la ciudad una nieve suave y caliente que coagulaba el aire en una mañana perpetua, en un merengue que templaba los agudos y metálicos rayos del creciente sol.
Era el largo transcurrir el que iba vaciándome el abdomen, y yo era el callejón sin salida de una estirpe de mujeres orgullosas y hombres de honor. Era el largo transcurrir, sí, el que subía y bajaba por mi geografía como los amares que estaban por venir, mordiendo de mi esqueleto los restos muertos con sus dientes de sal. Era una concha vacía, un vagar por las playas del destino, por las manos del destino, por los collares del destino.

En un nido abandonado frente a mi ventana uno de los pollos era aún joven para volar. Quizá una estela de migas de pan, flotando a través del aire blando, pudiese llevarle planeando hasta la puerta de mi patio. A la mañana siguiente, Sanfran me miraba sobre el suelo, con la boca abierta en actitud de manifiesta exigencia. Su despotismo infantil alimentaba mi ternura y puesto que ambos nos habíamos visto privados de aquella relación paternofilial, acordamos que yo sería su padre y él mi hijo mientras ninguno de los dos pudiésemos volar.
Alimenté a Sanfran con migas de pan durante una semana. Pero al séptimo día, me lo encontré muerto, clavado en una posición tan ridícula que no pude reprimir una carcajada. Esa noche dispuse el funeral al estilo cajun de La Nouvelle Orléans. La madrugada me sorprendió lejos de allí, desdoblado en la catarsis, salpicado de sangre y plumas, bailando como un diablo a la luz de una luna radiada en rojo. Espectadores de cera de distintas alturas y colores alumbraban el patio proyectando sombras maníacas sobre la cal, máscaras de vida y muerte a orillas del Mississippi.
Siempre pensé que una samba contenía el secreto de las ecuaciones por descubrir y que llovía como el río, de la montaña al mar, para asegurarnos una forma de inmortalidad sembrada en la selva del eterno virar. Años atrás, Laura me sonreía lasciva apoyada en el marco de la puerta de su habitación mientras destapaba el secreto sentido de aquellas canciones, el latido lenguaje del país amazónico donde su novio la esperaba a su regresso. Y la mañana siguiente al funeral de Sanfran, yo limpiaba a conciencia las manchas de sangre y cera a ritmo de samba, y barría el algodón que había estado nevado durante días, el vellón blanco de la primavera senescente.
…La ciudad estaba inundada de una salsa densa y delicada…

Era algo necesario que encontrase una forma de llenar aquel vacío infértil. Me sentía ingrávido como si fuese la cáscara de mí mismo. Por eso, decidí volver al candomblé.
La primera vez me había llegado allí en busca de algo que no podía comprender, por despecho, como casi todos. Ahora volvía a verla, un poco más joven que la última vez, menos marina, como lubrificada por la creciente ola de aceite que hacía que las manillas de los relojes de toda la ciudad rotasen centésimas de segundo más tarde. Cuando se abrió la puerta, los goznes susurraron Berenice.
Crucé la entrada de aquel piso viejo, segundo sin ascensor, como de barro. Y mientras hablábamos, el acento caribeño de aquella bruja yoruba cocinaba las palabras y su piel se iba haciendo progresivamente más tersa: Pero… mi hijo… lo que tú me demandas, no se hace ni con todas las riquezas del mundo… Esto, mi hijito… requiere la actuación de los que viven arriba, de los jueces blancos, si tú de verdad quieres…
Lo supe por su aspecto. Sin duda, había estado devorando almas.

La habitación estaba llena de imágenes antropomorfas y guirnaldas de flores. Las canas habían desaparecido del pelo de Berenice y su piel era ya la de una niña. Me tumbé a lo largo de la mesa astillada. Buscaba mi sangre virgen a través de un corte en la espina ilíaca izquierda. Luego, durante una hora soporté rituales que subyugaban mis sentidos con especias extranjeras de intensos colores y ardiente perfume. Lo deseo, lo deseo con todas mis fuerzas, repetía yo como presionando, al repetirlo, mis despojos hacia la libertad. Lo deseo… Y mientras se balanceaba sobre mí, yo empujaba hacia arriba con mayor y mayor violencia, incorporándome sobre los codos, entre jadeos, entre sus piernas… Cuando se hubo condensado el humo, entraron en la habitación los santos, entraron las bestias, entraron los brujos procesionando fetiches, vibrando los crótalos, llorando y gritando desde el otro mundo. Llenaban el aire buceando en las espirales que el humo trazaba, a veces rápidas, mecidas por el viento que producía el choque de nuestros cuerpos, a veces lentas, como en islas del tiempo de ese vago mar de donde ella venía.
Los sonidos cosecharon la escena. Unos hombres de oscura piel se arrojaron sobre nosotros y me ataron brazos y piernas mientras terminábamos.
Al llegar a casa reuní todos los ingredientes según la receta que ella me había dado: café, pétalos de rosa, canela en rama y ron… combinados en cierta proporción podían alimentar la única ambición que yo albergaba. Comprendí lo muerto que había estado cuando el ron me escoció en un corte que tenía desde hacía pocos días sobre la espina ilíaca izquierda. De pie en la bañera, frente al espejo, deslicé mis manos por la vieja superficie de mi piel, cepillando la madera miel. El café se deshacía en los senos, el ron goteaba de los cabos. Parecían mis manos las nubes, cargadas de rosa y canela, envolviendo los montes en una tarde de bochorno. Cuando después de unas horas rompí la superficie del agua, arrastrando los petálos y las ramas que flotaban, la cascada que se precipito desde mis alturas anunció el nacimiento de una nueva era.

viernes, 18 de septiembre de 2009

Bochorno (IV)



Las lluvias de principios de abril dieron paso a un aire zéfiro que empujaba la espuma de los cielos a besar el suelo dormido del invierno. La ciudad de piedra sembraba el calor de los días en sillares de oro, y germinaba un ambiente de bochorno en el tráfico, las oficinas, los hospitales.
Enrollado en las sábanas, rociado de sudor, apagué el despertador y me quedé remoloneando con las manos entre las piernas. Sentí un bulto en el testículo izquierdo. No lo había notado hasta esa misma mañana. Me levanté de un salto.

A mediados de abril me extirparon el testículo y lo sustituyeron por una prótesis plástica. Aquel día tenía cita con el médico. Esperé en una sala blanca, muy limpia e inerte, sillones chester del mismo color y una mesa baja en estilo futurista. Sobre la mesa una orquídea se marchitaba junto a una máquina de café de última generación.

Estudiando mi tumor lo habían hallado bien delimitado por una cápsula fibrosa, aunque poco diferenciado. El cariotipo reveló un número sorprendentemente alto de células X0 incluso en la parte sana de mis cojones. Ocurre a veces.
A veces, durante el desarrollo temprano de la gónada una célula pierde su cromosoma Y, pero, ajena a su monstruosidad, sigue dividiéndose para formar una parte variable de la masa celular de los testículos. Al llegar a término el embarazo, estas células suelen encontrarse ya todas quiescentes, petrificadas, inservibles como putas momias.
Tenía aquel escueto informe entre el doctor y yo.
Estéril.
Con una cantidad tan baja de espermatozoides funcionales la posibilidad de que pudiese fecundar un óvulo con una de mis corridas era tan baja como encontrar una aguja en un pajar, y por ello, aquella primavera se había consagrado en el santuario de la esterilidad, en el páramo de mi oscura personalidad, en el yermo de las intenciones.

Cerré la puerta de casa, puse el tapón de la bañera y abrí el grifo. Me desnudé todo a lo largo del pasillo, caminando a trompicones. Al llegar a la habitación me paré en seco. En la oscuridad, se me cayó la maraña de ropa que mecía en brazos. Del lado de aquella cremallera de carne parecía tan vivo, tan natural, que estuve absorto unos segundos palpando, intentando encontrar la diferencia, pero no pude.
Volví hacia la luz halógena al fondo del pasillo. Con el alma en blanco, el cuerpo desnudo mostraba un orden de sinceridad diferente al de hacía un mes. Al llegar la puerta del baño el zureo del grifo abierto se me clavó en el sexo. Una luz similar a la de las salas de maternidad me sostuvo en la entrada unos segundos, en ese limbo de los inconscientes.

El olor a sangre caliente se hacía más y más intenso y me trepó los proyectos, y me enredó los ojos a la bañera llena. Cerré el grifo: en el agua estancada flotaba el cadáver de un bebé ahogado. La sangre se le había salido del cuerpo y se había mezclado con el agua caliente. Sentado en el borde de la bañera cogí el cadáver hinchado de la criatura, que chorreó como una esponja, y me lo apoyé sobre el pecho, con la cabecita sobre mi hombro izquierdo. Despacio me deslicé en el interior de la bañera, que rebosó sangre.

A finales de abril volví a clase. El cielo azul intenso era el pasto de gordos borregos, el espejo de la hierba del campus verde y crecida, florecida de margaritas blancas. Pasé por un jardín de rosales de fuerte olor, que cosechan en primaveral atracción los amantes de Salamanca. Los arces exhibían pretenciosos los retoños verde limón.
Aquello no se lo conté a nadie, a nadie, y preparé un viaje, quizás sin retorno, a alguna isla de Cook. La gente como yo no tiene verdaderos amigos, ni mujer (o hijos), ni sale en los anuarios, ni acude a las reuniones de los 25 años.