Llegué al local, demasiado colorido sin ti. Acostumbrado a nuestras estrofas en blanco y negro saboreé todos aquellos colores como un trago de Amareto. Sabía que no vendrías. Pedí una cerveza y pensé en liarme con aquella chica rubia para castigarme por no tenerte cerca, pero al final no fui capaz. Las horas se borraron en mi memoria. Salí de allí y fui a buscarte. También sabía que no iba a encontrarte, pero esclavo de un impulso obsesivo no podía hacer otra cosa. Ni siquiera fui a los sitios en los que pensé que podrías estar. Era algo demasiado desesperado como para tener, siquiera, algún sentido. Después llegue a casa. Eché de menos aquella otra vida en blanco y negro, sólo de sonrisas y música suave, de autodestrucción y de destrucción recíproca, de lacerante aproximación. Me quité esa ropa que tú llamarías “pija” o “elegante” dependiendo del momento. Fui al espejo y me tatué algo en el pecho con una aguja al rojo. Eso al menos consiguió calmarme. Después me dormí imaginando que tenía el valor de intentarlo en aquel local en el que tú no habías estado aquella noche…
…Y de lo que les ocurrió a los habitantes de Nueva Guinea, una gran isla demasiado pequeña para no ejercer el canibalismo…
Por la tarde salgo de mi casa. Hace un día de temprana primavera salmantina, con un cielo azul que contradice el viento glacial y todo el mundo en la calle Toro, como si hiciese menos frío hoy que ayer, como si lo hubiese dictado así el alcalde. En la tienda de regalos la dependienta me reconoce y frunce el ceño inquisitiva. Yo estoy más pendiente de que el corte que me he hecho en el pecho no sangre tanto como para traspasar la camiseta y manchar el jersey blanco.
Después una masa crítica de ciudadanos reconoce la pena en el transeúnte de camino a la floristería. Al llegar allí, un hombre desconfiado encarga una rosa:
_Esto ha de ser…usted no lo puede ver, yo se lo escribo sin que…
_Tranquilo que yo no lo voy a mirar pero tiene usted que decirme dónde quiere que lo enviemos.
_Verá, es para mi mujer, ¿sabe? que está en Gerona. Es su cumpleaños…¿Está esto bien?
_Sí hombre, una rosa es un buen regalo sí
_Pero ¿dónde está Interflora?
_Interflora somos nosotros
_Pero usted esto no lo puede leer_y aparta la pequeña tarjeta que había llevado consigo para que nadie la lea.
_¿Este joven va con usted?
_No, no…¡que va!_.
Compro un clavel rojo y tapo el jersey a la altura del corte. De camino a casa encuentro un hombre ciego en un paso de cebra. Choca con su vara en mi pierna, y le agarro del brazo._No se preocupe, yo le ayudo_.Entonces pienso que el ciego no podrá verme, pero que está oyendo el hilo de música que sale del auricular y ahora está asustado por la negrura de mi alma. Al haber perdido la vista, las personas que él imagina en su cabeza, que percibe por sus voces y por el contacto, tienen los colores del alma. Cuando se habla de ciegos, ya no se trata de una masa crítica, sino de un porcentaje mucho mayor (%, eso sí, con los dos ceros invidentes) de los ciegos que podrían reconocer la pena del transeúnte de camino de la floristería a casa.
sábado, 14 de marzo de 2009
martes, 10 de marzo de 2009
CARDIOMIOPATÍA DE TAKOTSUBO
Esta mañana mientras desayunaba me puse a leer una revista estadounidense que tenía encima de la mesa. La hojeé hasta que me detuve en una noticia médica de divulgación que rodeaba una impactante imagen de un chaval joven y aparentemente sano conectado a todo tipo de máquinas (alguna de las cuales empiezan a serme ciertamente familiares). Uno se preguntaba qué podía pasarle a aquel sano espécimen y el artículo no tenía subtítulo alguno que acotase un título poco más que mudo: CARDIOMIOPATÍA DE TAKOTSUBO.
Leí la noticia una primera vez, poco dispuesto a prestarle la atención que luego me reclamaría. Por lo que parecía, el caso había estado incluido en una trama médico-detectivesca, más propia de un capítulo de House que de la vida real. Los médicos, extrañados por el raro cuadro del joven, ni siquiera habían podido idear una solución cuando la cura sobrevino de forma espontánea.
El chaval se había desmayado en el Campus de su Universidad. Sus compañeros habían llamado a la ambulancia. En cuanto los profesionales llegaron al lugar de autos, comprobaron que aquel desmayo era poco de esos típicos episodios para poner las piernas en alto al enfermo y sentirse un héroe mientras llegan los del 112, poco de esos chismes de vecindad que relatan la imperturbable actuación de algún conocido ante el desmayo de un transeúnte en la calle comercial. Las constantes vitales del joven estaban más cerca de las de un moribundo: el pulso que midieron los doctores, no sin dificultad, era el de un agonizante.
Las horas que siguieron al inexplicable suceso fueron muy angustiosas. La familia se presentó en el hospital. Los médicos continuaban muy desorientados: el paciente parecía no poder morir, pero permanecía en una situación de urgencia que tuvo a todos al borde de sus capacidades psíquicas durante varias horas.
Entonces, como en los finales del cine negro, los acontecimientos se sucedieron rápidamente. Los médicos más jóvenes empezaron a sospechar que se trataba de un asunto de drogas. No coincidía mucho con el perfil del paciente, pero antes de que los análisis llegasen, uno de los residentes observó una extraña marca en la cara interna del muslo izquierdo del paciente: un tatuaje casero, por lo tosco, y se trataba de una palabra. Aunque los padres se mostraron desconcertados, un amigo preocupado había pasado por el hospital y cuando vio aquella palabra sin significado todo comenzó a cobrar sentido. Resultó que aquel vocablo demoníaco era la clave del ordenador del joven.
Los padres no quisieron separarse de la cabecera de la cama de su hijo, pero dejaron que el amigo fuese a casa y comprobase la información en el portátil con uno de los residentes. Buscaron archivos durante casi una hora hasta que encontraron entre los recientemente abiertos, uno en el que el moribundo relataba sus vivencias minuciosamente en un extenso diario.
Todo estaba ya solucionado. De todas formas, cuando Sherlock y Mr. Watson llegaron al hospital el joven había comenzado a abrir los ojos. El caso se hizo público rápidamente, y también las vergonzantes circunstancias de aquel extraño choque.
Una historia de desengaños amorosos había precedido el sorprende acontecimiento. En aquellas páginas de ceros y unos el joven había relatado sus inconfesados sentimientos por una compañera de facultad. Las circunstancias les habían llevado a coincidir varias veces en los últimos días, lo que inicialmente había acrecentado las buenas esperanzas del joven. Después de una increíble borrachera salió a la luz la razón por la que aquella chica nunca podría quererle, y él, celoso aún del secreto, sintió como le arrancaban el corazón de cuajo.
Durante los días siguientes empezó a notar cansancio, una pena intensa que le permitía a duras penar levantarse de la cama y le obligaba a estar encorvado. Más adelante llegaron los hormigueos en las extremidades, que se intensificaban cuando los protagonistas se encontraban cara a cara.
La mañana que ocurrió todo, ella le había visto llegando a clase y aceleró un poco el paso para alcanzarle. Cuando llego hasta él le puso una mano en el hombro; él se giró bruscamente y sufrió tal conmoción que empezó a notar cómo su corazón ya no podía bombear más y faltaba el aire, según cuenta él mismo más tarde. Unos segundos bastaron para que se produjese el shock.
En las semanas precedentes nadie había notado nada. El chaval era un tío sonriente, siempre dispuesto a bromear y con muy buen carácter, según cuentan sus compañeros de clase.
Las pruebas morfofuncionales con isótopos radiactivos comprobaron que el corazón estaba uniformemente sano y sólo se observaba un recuperable debilitamiento del miocardio. La semana siguiente al desmayo, el joven se reponía sin problemas. Los médicos, fascinados por el caso, le sometían a todo tipo de pruebas, aunque según él mismo decía, la prueba más dura iba a ser asimilar aquella irrupción tan violenta en su oculta biografía, en aquellos relatos que contenían sus pensamientos más prohibidos detallados hasta la más pequeña partícula, y sobre todo, superar la vergüenza de que hubiese salido a la luz todo aquello debido a la enorme repercusión médica, pero sobre todo mediática, que había tenido el caso.
Leí la noticia una primera vez, poco dispuesto a prestarle la atención que luego me reclamaría. Por lo que parecía, el caso había estado incluido en una trama médico-detectivesca, más propia de un capítulo de House que de la vida real. Los médicos, extrañados por el raro cuadro del joven, ni siquiera habían podido idear una solución cuando la cura sobrevino de forma espontánea.
El chaval se había desmayado en el Campus de su Universidad. Sus compañeros habían llamado a la ambulancia. En cuanto los profesionales llegaron al lugar de autos, comprobaron que aquel desmayo era poco de esos típicos episodios para poner las piernas en alto al enfermo y sentirse un héroe mientras llegan los del 112, poco de esos chismes de vecindad que relatan la imperturbable actuación de algún conocido ante el desmayo de un transeúnte en la calle comercial. Las constantes vitales del joven estaban más cerca de las de un moribundo: el pulso que midieron los doctores, no sin dificultad, era el de un agonizante.
Las horas que siguieron al inexplicable suceso fueron muy angustiosas. La familia se presentó en el hospital. Los médicos continuaban muy desorientados: el paciente parecía no poder morir, pero permanecía en una situación de urgencia que tuvo a todos al borde de sus capacidades psíquicas durante varias horas.
Entonces, como en los finales del cine negro, los acontecimientos se sucedieron rápidamente. Los médicos más jóvenes empezaron a sospechar que se trataba de un asunto de drogas. No coincidía mucho con el perfil del paciente, pero antes de que los análisis llegasen, uno de los residentes observó una extraña marca en la cara interna del muslo izquierdo del paciente: un tatuaje casero, por lo tosco, y se trataba de una palabra. Aunque los padres se mostraron desconcertados, un amigo preocupado había pasado por el hospital y cuando vio aquella palabra sin significado todo comenzó a cobrar sentido. Resultó que aquel vocablo demoníaco era la clave del ordenador del joven.
Los padres no quisieron separarse de la cabecera de la cama de su hijo, pero dejaron que el amigo fuese a casa y comprobase la información en el portátil con uno de los residentes. Buscaron archivos durante casi una hora hasta que encontraron entre los recientemente abiertos, uno en el que el moribundo relataba sus vivencias minuciosamente en un extenso diario.
Todo estaba ya solucionado. De todas formas, cuando Sherlock y Mr. Watson llegaron al hospital el joven había comenzado a abrir los ojos. El caso se hizo público rápidamente, y también las vergonzantes circunstancias de aquel extraño choque.
Una historia de desengaños amorosos había precedido el sorprende acontecimiento. En aquellas páginas de ceros y unos el joven había relatado sus inconfesados sentimientos por una compañera de facultad. Las circunstancias les habían llevado a coincidir varias veces en los últimos días, lo que inicialmente había acrecentado las buenas esperanzas del joven. Después de una increíble borrachera salió a la luz la razón por la que aquella chica nunca podría quererle, y él, celoso aún del secreto, sintió como le arrancaban el corazón de cuajo.
Durante los días siguientes empezó a notar cansancio, una pena intensa que le permitía a duras penar levantarse de la cama y le obligaba a estar encorvado. Más adelante llegaron los hormigueos en las extremidades, que se intensificaban cuando los protagonistas se encontraban cara a cara.
La mañana que ocurrió todo, ella le había visto llegando a clase y aceleró un poco el paso para alcanzarle. Cuando llego hasta él le puso una mano en el hombro; él se giró bruscamente y sufrió tal conmoción que empezó a notar cómo su corazón ya no podía bombear más y faltaba el aire, según cuenta él mismo más tarde. Unos segundos bastaron para que se produjese el shock.
En las semanas precedentes nadie había notado nada. El chaval era un tío sonriente, siempre dispuesto a bromear y con muy buen carácter, según cuentan sus compañeros de clase.
Las pruebas morfofuncionales con isótopos radiactivos comprobaron que el corazón estaba uniformemente sano y sólo se observaba un recuperable debilitamiento del miocardio. La semana siguiente al desmayo, el joven se reponía sin problemas. Los médicos, fascinados por el caso, le sometían a todo tipo de pruebas, aunque según él mismo decía, la prueba más dura iba a ser asimilar aquella irrupción tan violenta en su oculta biografía, en aquellos relatos que contenían sus pensamientos más prohibidos detallados hasta la más pequeña partícula, y sobre todo, superar la vergüenza de que hubiese salido a la luz todo aquello debido a la enorme repercusión médica, pero sobre todo mediática, que había tenido el caso.
viernes, 6 de marzo de 2009
La gran ciudad
La gran ciudad. Camina a contracorriente en un mar de gente, se da cuenta de que no existen las miradas, ni los olores, ni las líneas. Cada roce es espúreo y cada rayo proyectado. En cambio, no hay nada más real que las huellas en el asfalto, que nadie ve. Destila a diario los principios de cada sensación, por miedo a que un día pueda oler ese perfume y pensar que es real. Y cada día, lo anota en su cuaderno de bitácora, sabiendo que no conocerá jamás la parada con conexión al mundo real, que es un mero observador, más cárcel que...que la gran ciudad.
martes, 3 de marzo de 2009
lunes, 2 de marzo de 2009
No sé hacerlo
No sé hacerlo si no estoy borracho...no sé sonar convincente...te lo digo: no es la última vez, pero ahora sólo necesito un poco, sólo un poco...
...y allí estoy; sentado, hecho un pequeño ovillo en la habitación más grande, los brazos rodeando las piernas flexionadas y la cabeza apoyada sobre las rodillas. Sí; es uno de los placeres de vivir solo; todo el cuerpo me huele al tabaco de menta pero sin ron, porque los tipos como yo sólo tomamos Gin&Tonic...
...sólo un breve paréntesis para poner lo mejor de billie: esta vez, I cover the waterfront, pero la versión que a mí me gusta...después They say y Strange Fruit, y de ahí más y más tóxico; porque deberías haberme visto pidiéndole por favor a la luna llena; y eso no era una actuación, sino el delirio...
...tuve suerte de sobrevivir a aquel corto viaje...las gafas de sol son una cuestión de actitud. Mientras el ruido del motor en marcha amortiguaba los latidos de mi corazón y yo me hacía el dormido te pregunté si ya había respirado amargo suficiente...poco después descubrí, leyendo unas encuestas a internautas menores de 22 que no, que no había sido suficiente...
no es verdad que lo que no te mata te hace más fuerte. Porque desde que sobreviví a aquel viaje he deseado la muerte todos y cada uno de los días de mi vida...al menos cuando estoy sentado desnudo en el suelo del salón de mi casa, borracho, pues de otra forma, no sé hacerlo...no sé sonar convincente...te lo digo: no es la última vez, pero ahora sólo necesito un poco, sólo un poco...
...y allí estoy; sentado, hecho un pequeño ovillo en la habitación más grande, los brazos rodeando las piernas flexionadas y la cabeza apoyada sobre las rodillas. Sí; es uno de los placeres de vivir solo; todo el cuerpo me huele al tabaco de menta pero sin ron, porque los tipos como yo sólo tomamos Gin&Tonic...
...sólo un breve paréntesis para poner lo mejor de billie: esta vez, I cover the waterfront, pero la versión que a mí me gusta...después They say y Strange Fruit, y de ahí más y más tóxico; porque deberías haberme visto pidiéndole por favor a la luna llena; y eso no era una actuación, sino el delirio...
...tuve suerte de sobrevivir a aquel corto viaje...las gafas de sol son una cuestión de actitud. Mientras el ruido del motor en marcha amortiguaba los latidos de mi corazón y yo me hacía el dormido te pregunté si ya había respirado amargo suficiente...poco después descubrí, leyendo unas encuestas a internautas menores de 22 que no, que no había sido suficiente...
no es verdad que lo que no te mata te hace más fuerte. Porque desde que sobreviví a aquel viaje he deseado la muerte todos y cada uno de los días de mi vida...al menos cuando estoy sentado desnudo en el suelo del salón de mi casa, borracho, pues de otra forma, no sé hacerlo...no sé sonar convincente...te lo digo: no es la última vez, pero ahora sólo necesito un poco, sólo un poco...
Suscribirse a:
Entradas (Atom)